Nuestras prisiones interiores

Nuestras prisiones interiores son muchas y de muy diversa índole, y pueden convertir nuestra vida en un auténtico infierno. Podríamos clasificarlas de muchas maneras, aunque en este artículo voy a hacerlo en función de su origen, habiendo en mi experiencia 3 grandes clases de prisiones: las prisiones materiales, las sociales y las emocionales.

Qué son las prisiones interiores

Las prisiones materiales son aquellas que nos esclavizan, nos atan, a toda posesión material, ya sea un nuevo o mejor teléfono móvil, un nuevo vehículo, una nueva casa u otra más en nuestra colección, etc. Esta necesidad, adicción incluso, de poseer más y más, nace en nuestro ego.

La misión del ego es protegernos de nosotros mismos para que no suframos. El problema es que hasta que no alcanzamos un elevado grado de crecimiento interior, el binomio mente-ego va por libre en vez de trabajar para nosotros. De este modo, la mente-ego nos presenta una mentira convincente para protegernos de nuestras carencias interiores, sean estas cuales fueren. Es decir, nos evitan el sufrimiento de tener que afrontar nuestros demonios y carencias interiores, aunque el precio a pagar es que nunca nos liberaremos de ellos mientras no los afrontemos.

De hecho, muy frecuentemente no requiere escarbar más que un poco para darnos cuenta de que no nos va a hacer feliz esta necesidad que nos presenta la mente-ego, aunque aparentemente sea muy real. En un buen número de ocasiones he visto personas que deseaban algo, cuando era evidente que ni siquiera les iba a hacer felices. Por ejemplo, comprarse una casa en la playa, lo cual está muy bien para presumir de que tienes otra vivienda más, pero esta persona hablaba más del engorro de tener que limpiar otra casa más, del tiempo y coste del viaje hasta esa nueva casa en la playa, etc.

En resumen, esta persona creía necesitar una vivienda en la playa, lo cual supuestamente le iba a hacer más feliz, ¡y resulta que no era consciente de que sólo hablaba de sus inconvenientes! Nuestras verdades interiores salen por nuestra boca aunque no seamos conscientes de lo que decimos. Es por este motivo que con frecuencia nos conocen mejor los que nos rodean que nosotros mismos.

Las prisiones sociales son las que denomino a esa necesidad de tener personas con las que mantener vida social, incluso en aquellos casos en los que esa vida social no nos agrada. Hay muchísimas personas que con tal de no estar solas, hacen lo que sea para estar con quien sea, incluso si les cae mal esa persona o no les gusta. Lo que casi nadie se plantea es por qué esa necesidad existe. A todo el mundo le gusta quedar con alguien, correcto, aunque no es lo mismo que te guste quedar con alguien a quien aprecias y disfrutas de su compañía, que necesitar estar con alguien. Más aún si no disfrutas de esa persona.

Esa necesidad suele venir bien porque la persona mantiene la errónea creencia de que es una fracasada si no tiene vida social, -lo cual le llevará a pensar que pensarán los demás de ella si no tiene vida social-, entrando en una espiral de pérdida de control interior. Si no nos conocemos a nosotros mismos, ¿cómo vamos a saber lo que los otros piensan de nosotros mismos?

La segunda causa principal de esta necesidad de actividad social es que la mayoría de las personas no se aguantan a sí mismas, y no lo hacen bien porque no se gustan a sí mismas, -ya no digo amarse a sí mismas-, y ni siquiera se conocen. Esta búsqueda incesante de vida social es el arte del escapismo, del escapismo de uno mismo, lo que permite rehusar el mirarse al espejo, el tener que afrontar quiénes somos, qué nos gusta de nosotros y lo que no, qué nos da miedo, etc. Es más fácil huir que afrontar la realidad de quienes somos realmente.

Las prisiones que denomino emocionales son esas emociones que se buscan de la manera que sea, aunque no nos ayuden, o únicamente sirva su propósito durante un breve espacio de tiempo. Un ejemplo sería la persona que necesita un cigarrillo. Lo que busca es la tranquilidad que le proporciona, -aparentemente-, fumar. Y digo aparentemente porque la verdadera causa de su intranquilidad seguirá exactamente igual, no importa cuántos cigarrillos fume al día, o al año. Muy pocas personas tienen la valentía y el coraje de afrontar cuál es el origen de su intranquilidad, sabiendo que además de lo que busca encontrará otras cosas de sí mismas que no les gustarán o desconocerán.

El sexo es otra necesidad recurrente de lo que denomino la prisión emocional. Obviamente el sexo está muy bien, aunque suele haber algo más detrás que nos empuja a ello cuando lo que buscamos es únicamente lo físico. El haber estado con una persona nos induce una sensación de poder, de poder por partida doble. Por un lado, el que hemos podido conquistarla y acostarnos con esa persona. Por otro lado, el que hemos sido nosotros, y no otro, el que ha estado en la cama con esa persona, y, además, si la otra persona ha gozado, nos deleitaremos en nuestro poder sexual.

Resumen

Aunque podríamos definir infinidad de tipologías de nuestras prisiones interiores, me he decantado por estas 3 grandes categorías de prisiones interiores en función de su origen. Obviamente podríamos haber establecido más categorías, aunque a mi modo de ver este conjunto de prisiones materiales, sociales y emocionales cubre un muy amplio espectro de las prisiones que todos nosotros, en mayor o menor medida, albergamos.

Si te fijas, todo lo que hemos comentado en este artículo gira en torno a dos cosas. Por un lado, a no mirar dentro de nosotros mismos, es decir, buscar fuera de nosotros algo que nos compense nuestro dolor interior, en vez de indagar en nosotros mismos. Esta otra vía es más larga, también más cansina, y requiere de más valor, aunque este camino sí que nos conduce a la verdadera libertad.

Por otro lado, todo lo que hemos comentado está relacionado de una manera u otro con el poder. El poder de tener cosas aunque éstas no me hagan feliz, de influenciar/poseer personas a través del sexo, del poder de tener personas en las que vuelco mi responsabilidad no atendida de cuidarme y amarme a mí mismo, etc.

Hay ocasiones en las que dejar ir las cosas es un acto de mucho más poder que defenderse de ellas o apegarse a ellas (E. Tolle). Porque este poder nace de nuestro interior, en vez de nuestro exterior. Esta es la única ruta conocida a la verdadera libertad interior, y cuanto más libre eres, más poderoso te conviertes.

 

Querido lector, deseo que te haya gustado esta reflexión de hoy.

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Santiago Huerta

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